viernes, 23 de enero de 2009

Pisando fuerte

Es definitivo, por fin las asociaciones de defensa de los Derechos Humanos y la mayoría de gobiernos podrán respirar tranquilos después de oír el comunicado emitido por el recién nombrado presidente de los EEUU, Barack Obama, sobre el cierre de Guantánamo en un período de un año y el cese de torturas desde hoy mismo.



Obama no ha dudado ni un momento en empezar a cumplir sus promesas electorales y mostrarle al mundo de forma clara e inequívoca que con él al mando, las cosas van a cambiar y mucho. Tan solo le han hecho falta dos días para rubricar, y añadir algunos comentarios, al documento tan esperado que eliminará uno más de los errores cometidos por su predecesor.
La base naval de Guantánamo se convirtió en la verguenza de EEUU el 11-S, y no ha dejado de enrojecer al país hasta hoy. En ella se practicaban las torturas más vejatorias que un gobierno democrático contemporáneo haya practicado nunca y donde se mantenían encarcelamientos sin fecha de caducidad por actos, que en algunos casos no podían probarse legalmente. La excusa, proteger al mundo de esos individuos, pero a veces sin preguntarse si realmente suponían una amenaza.
Actualmente, según The New York Times, se encuentran recluídos 245 personas de nacionalidades diversas. Obama, con su recién tomada medida pretende reabrir cada uno de estos casos para determinar si deben ser trasladados, liberados o procesados por los delitos cometidos. Mientras la prisión encubierta se cierra, a prohibido la práctica de cualquier tortura, como por ejemplo el waterboarding (simular ante un detenido que lo van a ahogar), lo que ha generado duras críticas por parte de altos cargos de las fuerzas armadas y de la CIA, como Glen Gardner (Comandante de los Veterans of Foreign Wars of the US) que criticaba para The Washinton Post: "la instalación carcelaria [refiriendose a Guantánamo] es una herramienta muy valiosa en la lucha antiterrorismo porque proporciona información muy útil para la inteligencia [CIA] y mantiene a nuestros enemigos fuera del campo de batalla".


Este es solo un ejemplo, pero ambos artículos (TWP y NYT) muestran muchos otros, que todos ellos se pueden resumir en una sola reacción, miedo a que la Casa Blanca se entrometa en las prácticas privadas que la CIA y la Armada Americana ha estado ejerciendo los ocho años de mandato Bush. Del todo comprensible, ya que Obama expresó muy claramente que él prefiere los jucios en cortes federales o, en los ya existentes juicios militares, pero con las mismas garantías legales que en los juzgados civiles americanos. Con esta declaración, se deja ver claramente como hasta ahora, esas garantías legales no se cumplían del todo.
El Presidente de los Estados Unidos de América ha dejado más que claro que hasta el cierre definitivo de Guantánamo se respetarán a rajatabla los tratados internacionales sobre el trato a prisioneros, incluida la Convención de Ginebra (algo que Bush nunca hizo). "Vamos a intentar ganar esta batalla. La vamos a ganar a nuestra manera", ha dicho Obama en su discurso post-firma. El cambio está llegando, y esperemos que no se detenga aquí.

miércoles, 21 de enero de 2009

Curarse en salud

El recién nombrado presidente Barack Obama decidió subsanar el pequeño error ocurrido durante la ceremonia de investidura del martes cuando tanto el Juez John Roberts y él mismo trastabillaron al recitar las consagradas 37 palabras que lo convirtieron en Presidente, con todas las de la ley. A pesar de que en su momento, el juramento fue válido, Obama prefirió curarse en salud y repetirlo en la intimidad de los allegados y el cámara de la Casa Blanca para evitar comentarios de los más fervientes defensores del ritual.
Es por eso que esta noche, en en Salón de los Mapas Obama volvió a repetir el juramento, esta vez muy lentamente, para que no hubiera fallos ni tropiezos.
Un acto innecesario a ojos de los abogados de la Casa Blanca, pero que no está de más.
Obama no es el único presidente que ha repetido sus votos, ya que también lo hicieron Calvin Coolidge y Chester A. Arthur.

martes, 20 de enero de 2009

Damas y caballeros: con todos ustedes el 44º presidente de los EEUU, Barack Obama


Desde las cuatro de la madrugada del 20 de enero de 2009 el National Mall de Washington se convirtió en el lugar de encuentro de más de dos millones de estadounidenses armados con banderas y pancartas que marchaban, casi militarmente, al son de "Yes, we can". La cita: la toma de posesión de Barack Hussein Obama, el cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos de América.
Un gran evento organizado por la senadora por California, Dianne Feinstein, que había cuidado hasta el más mínimo detalle para convertir esas simples 37 palabras en un momento histórico para la humanidad. Una imagen corporativa más que envidiable, centenares de metros de banderas ondeaban por doquier y adornaban prácticamente toda la balaustrada del Capitolio, lugar insigne de la democracia americana y lugar de la investidura. Alformbras de color azul y rojo, cuartetos de cuerda y la sinfónica de la armada para poner banda sonora al momento, junto con más de 1.600 sillas que conformaban el palco de honor donde se reunieron todos los expresidentes de EEUU a la espera del anfitrión del acontecimiento, el presidente electo Obama. Sin olvidarnos, claro está, de los dos cañones de la armada americana a la espera de su momento, la lanzada de salvas en honor al presidente.
A pesar que todo el paseo rebosaba mucho antes de las nueve, pasadas las 11 de la mañana los invitados al palco de honor empezaron a llegar siendo anunciados por una voz misteriosa, como si de la corte de Luís XVI se tratase. Cada uno de los nombres era vitoreado hasta el desgañitamiento, las banderas ondeaban ufanas y los flashes de las cámaras retumbaban por doquier. Para la multitud, daba totalmente igual si se conocía al anunciado o no, si se simpatizaba con él o no, lo importante era que ya quedaba uno menos para ver a Barack Obama.
Cerca de las 12:30, después de la entrada y acomodamiento de un errático y desubicado George Bush, el gran esperado Obama entró en escena. Sonriente y de porte perfecto, como siempre, saludó a derecha e izquierda a prácticamente todos los presentes que se agolpaban en el pasillo de entrada y esperó a que llegara su turno.
Antes del gran momento, la multitud pudo presenciar las actuaciones de de Aretha Franklin, que cantó a capella delante de toda la multitud de pie ante su silla, un cuarteto de cuerda y piano, y una pequeña misa a cargo de Rich Warren, pastor evangelista conocido por estar en contra del aborto y los homosexuales.
Finalmente, y un poco fuera de horario, el vicepresidente electo Joseph Biden se levantó de su silla y sin mostrar atisbo de nerviosismo repitió el juramento, lo que le convirtió oficialmente en vicepresidente de los EEUU para los siguientes cuatro años en escasos cuarenta segundos. Los vítores no cesaban, la multitud se removia y levantaba las pancartas como si el cielo quisieran tocar. En algunos momentos no parecía que estuvieran esperando a un político sino a Madonna o a los Rolling Stones por el fervor en sus cantos y los llantos en sus miradas.
Y al fin, cuando pasaban escasos minutos de mediodía, Feinstein instó a Obama a levantarse para jurar el cargo. Su mujer, Michelle Obama, sostenía orgullosa la bíblia en la que su marido juraría el cargo. Obama, sonriente y calmado intentó repetir las 37 palabras, pero la procesión va por dentro y los nervios del momento hicieron que se equivocara en el juramento del cargo. Una anecdota que contar, un juramento que, a pesar del error, era totalmente válido, y una multitud desbordada de emoción, la realidad había impactado en el mundo. Estados Unidos de América tenía oficialmente un presidente afroamericano.
Seguido, un discurso lleno de emoción y falto de enjundia política, como si de un entrenador ante sus jugadores fuese para prepararlos ante un partido difícil de ganar. El discurso de Obama, escrito supuestamente por él y ayudado por el jovencísimo J. Fabre, apeló a la entereza de la sociedad, a la comprensión y apoyo entre ella para superar los baches que se avecinan. Un discurso lleno de esperanza y cambio, como ya se ha ido mostrando en toda la carrera electoral del presidente, que pretendía una vez más demostrar que las cosas cambiarán para mejor, en temática de defensa, de educación, de sanidad, y de protección al medio ambiente. Un presidente que prefirió alentar que convencer, porque a ser sinceros, ya estaban convencidos de que él podía cambiar el rumbo del país hacia un horizonte más claro que con el anterior presidente.