martes, 20 de enero de 2009

Damas y caballeros: con todos ustedes el 44º presidente de los EEUU, Barack Obama


Desde las cuatro de la madrugada del 20 de enero de 2009 el National Mall de Washington se convirtió en el lugar de encuentro de más de dos millones de estadounidenses armados con banderas y pancartas que marchaban, casi militarmente, al son de "Yes, we can". La cita: la toma de posesión de Barack Hussein Obama, el cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos de América.
Un gran evento organizado por la senadora por California, Dianne Feinstein, que había cuidado hasta el más mínimo detalle para convertir esas simples 37 palabras en un momento histórico para la humanidad. Una imagen corporativa más que envidiable, centenares de metros de banderas ondeaban por doquier y adornaban prácticamente toda la balaustrada del Capitolio, lugar insigne de la democracia americana y lugar de la investidura. Alformbras de color azul y rojo, cuartetos de cuerda y la sinfónica de la armada para poner banda sonora al momento, junto con más de 1.600 sillas que conformaban el palco de honor donde se reunieron todos los expresidentes de EEUU a la espera del anfitrión del acontecimiento, el presidente electo Obama. Sin olvidarnos, claro está, de los dos cañones de la armada americana a la espera de su momento, la lanzada de salvas en honor al presidente.
A pesar que todo el paseo rebosaba mucho antes de las nueve, pasadas las 11 de la mañana los invitados al palco de honor empezaron a llegar siendo anunciados por una voz misteriosa, como si de la corte de Luís XVI se tratase. Cada uno de los nombres era vitoreado hasta el desgañitamiento, las banderas ondeaban ufanas y los flashes de las cámaras retumbaban por doquier. Para la multitud, daba totalmente igual si se conocía al anunciado o no, si se simpatizaba con él o no, lo importante era que ya quedaba uno menos para ver a Barack Obama.
Cerca de las 12:30, después de la entrada y acomodamiento de un errático y desubicado George Bush, el gran esperado Obama entró en escena. Sonriente y de porte perfecto, como siempre, saludó a derecha e izquierda a prácticamente todos los presentes que se agolpaban en el pasillo de entrada y esperó a que llegara su turno.
Antes del gran momento, la multitud pudo presenciar las actuaciones de de Aretha Franklin, que cantó a capella delante de toda la multitud de pie ante su silla, un cuarteto de cuerda y piano, y una pequeña misa a cargo de Rich Warren, pastor evangelista conocido por estar en contra del aborto y los homosexuales.
Finalmente, y un poco fuera de horario, el vicepresidente electo Joseph Biden se levantó de su silla y sin mostrar atisbo de nerviosismo repitió el juramento, lo que le convirtió oficialmente en vicepresidente de los EEUU para los siguientes cuatro años en escasos cuarenta segundos. Los vítores no cesaban, la multitud se removia y levantaba las pancartas como si el cielo quisieran tocar. En algunos momentos no parecía que estuvieran esperando a un político sino a Madonna o a los Rolling Stones por el fervor en sus cantos y los llantos en sus miradas.
Y al fin, cuando pasaban escasos minutos de mediodía, Feinstein instó a Obama a levantarse para jurar el cargo. Su mujer, Michelle Obama, sostenía orgullosa la bíblia en la que su marido juraría el cargo. Obama, sonriente y calmado intentó repetir las 37 palabras, pero la procesión va por dentro y los nervios del momento hicieron que se equivocara en el juramento del cargo. Una anecdota que contar, un juramento que, a pesar del error, era totalmente válido, y una multitud desbordada de emoción, la realidad había impactado en el mundo. Estados Unidos de América tenía oficialmente un presidente afroamericano.
Seguido, un discurso lleno de emoción y falto de enjundia política, como si de un entrenador ante sus jugadores fuese para prepararlos ante un partido difícil de ganar. El discurso de Obama, escrito supuestamente por él y ayudado por el jovencísimo J. Fabre, apeló a la entereza de la sociedad, a la comprensión y apoyo entre ella para superar los baches que se avecinan. Un discurso lleno de esperanza y cambio, como ya se ha ido mostrando en toda la carrera electoral del presidente, que pretendía una vez más demostrar que las cosas cambiarán para mejor, en temática de defensa, de educación, de sanidad, y de protección al medio ambiente. Un presidente que prefirió alentar que convencer, porque a ser sinceros, ya estaban convencidos de que él podía cambiar el rumbo del país hacia un horizonte más claro que con el anterior presidente.

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